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La pintura y la máscara

En la primera entrada de este cuaderno, visitamos las referencias iconográficas que utilizaba el padre Ripa para crear las alegorías de su iconología, en las que aparecía la máscara como uno de los elementos protagonistas. Entre dichas alegorías hay una que es especialmente interesante para nosotros, pues se aleja de las más obvias como la Comedia o la Mentira, adentrándose en un mundo más pulido e interpretativo como es el de la Pintura, que yo me atrevería a ampliar metonímicamente como el Arte.

Nos dice Ripa que, entre otros atributos, “la Pintura ha de llevar además una cadena de oro de donde cuelga una máscara, para mostrar que el arte de la imitación está inseparablemente unido a toda la actividad de la pintura. En cuanto a los anillos que forman su cadena, muestran la conformidad y continuidad de una cosa con otra, pues dice Cicerón en su Retórica que aunque el pintor no lo toma todo de su Maestro, con una sola cosa todas a un tiempo a aprende, pues le vienen unas con otras encadenadas en atención a su muta similitud y conformidad. Será además de oro la cadena que digo, por las cualidades que muestra y simboliza este preciado metal, pues cuando en la pintura no alienta la nobleza, fácilmente se pierde y extravía, mostrándose con la máscara de un modo general la imitación conveniente a dicho Arte.”

Esta máscara pasará a ser un elemento habitual en todas las alegorías sobre la pintura que hagan posteriormente diferentes artistas. Es el caso de Vermeer –con la máscara en la mesa del estudio-, Franz van Mieris –que pende una máscara del cuello de la pintora-, o el Autorretrato de Artemisa Gentileschi en el que ella misma es la Pintura. Esta tradición de representar la máscara llega, incluso, al siglo XX y ya no solo pende del cuello del pintor, sino que en el caso de Popovic, tapa directamente el rostro del artista que aparece enmascarado. Para todo este aspecto es muy interesante el artículo de González de Zárate, De la máscara. Rembrandt, autorretrato de Boston: una alegoría de la pintura y algo más. Imagen de la muerte y resurrección de Miguel Ángel. En las actas del congreso: Imagen y cultura, la interpretación de las imágenes como Historia cultural.

Esta idea, de la máscara como ejemplo de la imitación de la realidad, es una idea que atrae, no ya tanto por el transitado juego de cómo el arte intenta imitar la belleza natural de las cosas que ya Platón defendía en su República, sino de cómo la pintura se puede considerar una trampa y de cómo el arte nos presenta un engaño ante los sentidos, que juega con los significantes para trasladarnos un significado tal y como nos recuerda Ripa en su tratado: Llamaban los antiguos imitación a aquel tipo de discurso que aún siendo en sí mismo y por sí mismo ficticio se realizaba guiándose por alguna verdad acaecida realmente, sosteniendo que los poetas a los que faltara este don, nunca podrían ser reputados como tales. Del mismo modo tampoco podemos considerar pintores a los que no posee este arte de la imitación, siendo del todo cierto aquel famoso dicho de que la poesía se calla en la pintura, mientras que la pintura en la poesía nos habla. Cierto es sin embargo que son muy diferentes en su modo de imitar, procediendo la una por oposición de la otra, pues los sucesos y accidentes visibles que el poeta, con su arte, logra que veamos mediante el intelecto, basándose para ello en accidentes de carácter inteligible, son al contrario considerados en primer término por el pintor, logrando luego un medio de ellos que nuestra mente comprenda las cosas significadas. Tampoco es muy distinto el placer que producen ambas profesiones, pues una y otra, respectivamente, sólo a fuerza de Arte, y por lo tanto con engaño de Natura, consiguen que entendamos mediante los sentidos, o sino que sintamos mediante el intelecto. Es precisa por tanto, y consubstancial a la pintura, aquella imitación de las cosas reales que se simboliza en la máscara, por ser ésta retrato fidedigno del rostro de los hombres.

De este modo, se nos abre un nuevo mundo de interpretación que ya no es el meramente formal o el que los sentidos físicos nos ofrecen, sino que viajamos y buscamos en el mundo de la Poesía y del intelecto. Bien es verdad, que el propósito que Ripa le otorga, sigue siendo el interpretativo del mundo que nos rodea y que las ideas son suplantadas por el símbolo; la propia máscara es un signo que puede ser polisémico y por tanto interpretativo dependiendo del contexto. Pero también se nos abre un nuevo camino hacia la interpretación del mundo de las ideas. Por ejemplo, no hay nada menos natural que el mundo de la fantasía y la personificación de conceptos a través de seres monstruosos o portentosos. Híbridos que al no pertenecer a la esfera de lo terrenal y tangible, suelen ser usados con connotaciones negativas: maldad, bajos instintos, lujuria, etc. Si bien, también pueden representar signos positivos como las tres triadas angélicas. La cuestión es que esa fusión de formas, en algunos casos abstracción de las mismas, casi que diríamos anicónica, traslada a la pintura y al arte al mundo de los conceptos que son ideas y que al ser incorpóreos no pueden ser imitados sino más bien revelados por las artes dotándolos, ahora sí, de forma física.

Desde este punto de la idealización o, mejor dicho, de la formalización de las ideas, nos encontramos muy cerca de alguno de los componentes de la abstracción. Por una parte, la geometría que en su sencillez y simpleza encierra normas matemáticas y físicas de alto vuelo y que obligarán a construir un nuevo mundo a través de sus leyes –léase la perspectiva renacentista- pero también la no forma de las sensaciones internas, las no producidas por los sentidos sino por el conocimiento: la angustia, la ansiedad, el desánimo, etc. que pueden aparecer en un primer momento de los movimiento expresionistas o informales posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hay aquí, también, un intento imitativo pero de los sentimientos y de las ideas personales y colectivas de una o unas generaciones. La no forma, como representación ideal: la luz, el color, el símbolo iconográfico tan estudiado y evolucionado por los jesuitas en sus anagramas. Por eso se ha intentado explicar desde el misticismo a Rothko o desde la espiritualidad a Kandinsky, como continuadores de una tradición de dotar de cuerpo a lo etéreo. Pero también existe el proceso intelectual que pasa por las vísceras y desemboca en una obra pura que no necesita del signo sustitutivo, sino del interpretativo. Pues la idea provoca estado de ánimo y ahí el arte hace de traductor, pues según Ripa, todo está en un juego imitativo que la pintura y las artes en general poseen.

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Iconología de Cesare Ripa. Edición de 1645

Mascara pintura 01

Artemisa Gentileschi, Autorretrato.

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Johannes Vermmeer, Alegoría de la pintura.

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Mica Popovic, Autorretrato.

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Vasili Kansdinsky, Composición 8

Rothko

Mark Rothko, Nº3