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Alfredo Aracil

EL TIEMPO Y LA MELANCOLÍA

 

Voy de la mano de la melancolía desde hace muchos años. Y más gente se había ya entonces dado cuenta: a finales de los ochenta algún artículo en la prensa me había incluido entre los modernos melancólicos y alguna entrevista utilizó la etiqueta en el titular para definirme.

Muy poco después, en la primavera de 1990, titulé Nostalgia, Vanguardia y Melancolía en la música de nuestro tiempo un seminario de cinco lecciones que preparé para el recién creado Instituto de Estética y Teoría de las Artes, adscrito a la Universidad Autónoma de Madrid. Eso mismo, o casi, fui invitado a repetirlo los tres años siguientes, mientras el añorado Instituto existió.

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Quienes me etiquetaban así seguramente lo hacían por mis partituras, escépticas, a media voz, paradójicas a veces y un tanto excéntricas, o por mis reflexiones y comentarios, escépticos, a veces paradójicos, un tanto excéntricos y a media voz. Quizá yo fui el primero o de los primeros en clasificarme así.

A. Aracil: Movimiento perpetuo (1992) fragm.

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En aquellos seminarios del Instituto de Estética utilizaba la palabra ‘melancolía’ no con un sentido histórico o psicológico estricto, sino como metáfora para definir la forma de enfrentarnos a la música o al arte muchos creadores en aquel momento, en los años 80 y ya en la década precedente.

Llamaba ‘melancolía’ a un tercer vértice, diferente a ‘nostalgia’ y a ‘vanguardia’; una forma de enfrentarse a la historia distinta a la de las otras dos, que miraban en direcciones opuestas pero se hallaban en el mismo y para ellos único camino. Nostálgicos y vanguardistas consideraban la historia como un proceso dramático: la historia y el tiempo como una línea, es decir, con una sola dirección y dos sentidos, hacia delante o hacia atrás.

Los nostálgicos, aquellos que creían que había un paraíso perdido, que ellos contemplaban y nos recordaban o nos ofrecían, y nos recriminaban que no lo recuperáramos, estaban en el punto presente señalando hacia atrás, hacia allí, hacia ese paraíso. Los vanguardistas estaban en el mismo punto, la actualidad, pero señalando hacia delante, hacia una tierra prometida. En definitiva, para unos y otros, la historia era pasado, presente o futuro.

Sin embargo había en la creación artística y la cultura otras formas también de tomarse la historia, la tradición, y con otras consecuencias; era lo yo pretendía mostrar. Lo que había llamado ‘melancolía’ era, por así decirlo, una actitud muy lejana a la idea de que la historia fuera un recorrido sin paradas ni descanso y que el presente fuera sólo un punto crítico entre el pasado y el futuro. Nos escapábamos de ese vértigo del tiempo que parecía envolver a los demás; si el tiempo no puede detenerse, nosotros sí, formulaba yo.

Para nosotros la historia no tenía por qué ser una línea como el tiempo: era una superficie. No era monodimensional. La historia, identificada así con cultura, es decir, con la memoria colectiva de lo que ha ocurrido y de lo que está ocurriendo, sería algo que se repartía por un área donde hay límites que se pueden encontrar y sobrepasar en muchas direcciones, no en una sola; y, siguiendo con este juego de imágenes y símbolos, en esta superficie cultural habría, por supuesto, burbujas dentro inexploradas.

A. Aracil: Epitafio de Prometeo (2006) fragm.

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Al escapar de la línea del tiempo para recorrer la superficie de la historia-cultura tal vez parecíamos inmóviles a los que en ese fluir imparable seguían arrastrados. Inmóviles y absortos, como tantas veces se representa la melancolía.

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Quizá lo que estábamos haciendo y viviendo muchos de nosotros era una ruina más de la vieja Europa, todavía emperrada en buscar formas nuevas y nuevas fórmulas para seguir desarrollando los ceremoniales de la cultura propios del siglo XIX. Tal vez sí, pero no siempre.

No creíamos en recetas infalibles ni tratábamos de aniquilar o estigmatizar nada a priori. El rechazo de la intransigencia, de los patrones y dogmas, nos dejó sin garantías teóricas de estar en el buen camino; incluso habíamos negado que hubiera un buen camino (además, ¿hacia dónde?) o que hubiera caminos malos; todo dependería del resultado y no del planteamiento. La responsabilidad, por tanto, era nuestra, no de una escuela, tendencia o estilo, pero, como consecuencia de ello, también era nuestra la duda y en muy buena medida, al menos en mi caso, la desorientación. He aquí otra clave: de nada podíamos ni pretendíamos estar seguros.

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La melancolía está en mi caso unida a la duda y la indagación (no a la depresión o la tristeza, ya se habrá notado) y a la experiencia del tiempo. No he vuelto desde hace dos décadas sobre aquellas reflexiones, pero mis planteamientos siguen siendo más o menos aquellos. Y mis recorridos.

Miro ahora mi bloc de notas en Internet, El viento que nos lleva, y descubro laberintos, límites sobrepasados, ficciones y fantasías, recuerdos, fragmentos, lecturas de María Zambrano ["El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar…"], Shakespeare [la despedida de Próspero, que es la suya, en La Tempestad], Beckett [la desesperanza de Winnie en Happy Days], Valente ["Trazo un gran círculo en la arena / de este desierto o tiempo donde espero…"], Italo Calvino [sus juegos de prestidigitación con el lector en Si una noche de invierno un viajero], Ivetta Guerasimchuck ["La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro consiste, a fin de cuentas, en la cantidad de lo que hemos conocido…"], Pessoa ["Leve, leve, muy leve, / un viento muy leve pasa…"], Baricco ["es una música extraña… cuando la tocan bien es como oír sonar el silencio…"], Ibn Wașīf Šāh ["Hay en el Océano una isla visible a distancia en el mar; cuando alguien quiere acercarse, ella se aleja escondiéndose…"], Borges [su idea de que casi el Universo entero podría incluirse en El libro de los seres imaginarios], Cernuda ["Ni existe el mundo ni la presencia humana / interrumpe el encanto de reinar en sueños…"] o Perec [una de sus morosas descripciones de lo habitual]…

Reencuentro por todas partes el aroma de esa forma de melancolía que en su día esbocé para explicarme.

A. Aracil: Cuarteto 4. Figura ante el espejo (2010) fragm.